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HOMILÍA en la Ordenación diaconal de cuatro seminaristas del C.E.I. Bidasoa
(Pamplona, 26 de abril de 2008)
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Queridos hermanos y hermanas, seminaristas del Colegio
Eclesiástico Internacional Bidasoa, que en el marco de esta solemne celebración
recibirán el sagrado orden del diaconado, entre los cuales se encuentra un hijo
de la Diócesis de San Bernardo, que el Señor me ha llamado a apacentar.
Acabamos de escuchar la lectura del Santo Evangelio según
san Lucas (10, 1-9) en la que el Señor no advierte acerca de la escasez de
operarios para trabajar en la mies y nos pide rogar al dueño de la mies que
envíes operarios a ellas. Hace pocos días hemos celebrado en toda la Iglesia la
Jornada Mundial de Oración por las vocaciones, siguiendo el llamado que el Santo
padre nos hacia en su mensaje. Toda la Iglesia clama al Señor por operarios para
la viña divina, que vengan a guiar al Pueblo de Dios y se conviertan en
servidores del Evangelio.
La Iglesias diocesanas de Petrópolis, de Catarman, de
Santa ana y de San Bernardo reciben hoy con inmensa alegría a estos nuevos hijos
que se unen a este grupo de hombres escogidos por el Señor para ser portadores
de la Palabra, anunciadores de la buena nueva y ministros de los sacramentos.
Elevamos por ello nuestro corazón agradecido al Señor, de quien procede todo
bien y rogamos para que sean muchos más los jóvenes que vengan a formar en las
filas de sacerdocio. Como la tierra seca recibe el agua del cielo, así nuestras
Iglesia reciben estos dones, que harán muy pronto que veamos los frutos de su
intenso y entusiasta apostolado.
Enviados al mundo, para salvar a todos los hombres
Jesús nos advierte también con fuerza y claridad que este
envío no es a un lugar pacifico y exento de dificultades, sino que usando la
comparación del pastor y de los lobos que quieren matar a las ovejas, nos señala
que somos enviado a un mundo difícil, en que hay muchos peligros para los hijos
de Dios, en que son muchos lo que pierden el camino y van, según la expresión
del mismo Jesús, como ovejas sin pastor. Comenta San Ambrosio que "Son
contrarios entre sí estos animales, por lo que son devorados unos por otros,
esto es, los corderos por los lobos. Pero el buen Pastor no quiere que su rebaño
tema a los lobos. Por tanto, estos discípulos no fueron enviados como presa,
sino a extender la gracia; pues la solicitud del Buen Pastor hace que los lobos
nada puedan emprender contra los corderos. Luego envía a los corderos entre los
lobos para que se realizara aquella profecía del profeta Isaías: "Entonces los
lobos y los corderos se apacentarán juntos" (Is 65,25 (Catena aurea ES 10003).
Que interesante, queridos hermanos, es detenerse en este
comentario del gran prelado milanes, porque algunas veces puede que el mundo que
vivimos nos parezca tan malo, tan lleno de peligros y dificultades, que queramos
encerramos y salvamos solos, dejando que a nuestro lado discurra lo mundano con
sus malignidades. Pero los corderos, el pueblo de Dios, son enviados entre los
lobos para que con su ejemplo, con su valentía, con su audacia, y apoyado
sobretodo por la gracia de Cristo, sean todos los hombres y mujeres que pisan
nuestra tierra convertidos, y se llegue al cumplimiento de la profecía del
profeta Isaías, que acabamos de recordar. En un mundo que arranca de dios, que
lo quiere poner en un segundo lugar, arrinconado en la esquina oscura de la
sacristía, cada uno de nosotros, pero especialmente quienes hemos sido llamados
al ministerio sacerdotal, debemos ser quasi luce lucenti in caliginoso loco,
según la expresión de san Pedro.
Cuando Jesús nos advierte que para este caminar en medio
de las dificultades no debemos llevar ni alforja, ni provisiones, ni sandalias,
quiere decir que sólo El basta, sólo la confianza puesta en Dios y la gracia que
El nos concede si respondemos a su llamado, hará posible recristianizar este
mundo, como nos llama una y otra vez la Iglesia. San Gregorio, dice que "Tanta
debe ser la confianza que el predicador ha de tener en Dios que, aunque no tenga
lo necesario para vivir, no debe fijarse siquiera en si esto le falta, no sea
que, mientras se ocupa en las cosas de la tierra, no cuide del bien eterno de
los demás. (Catena aurea ES 10003).
Portadores de la paz, sembradores de la alegría,
consoladores de los afligidos
Reciben el ministerio diaconal después de haber estudiado
en una de las mas prestigiosas universidades del mundo y en un seminario
internacional, como es vuestro colegio, ambas instituciones nacidas del corazón
generoso de un santo, cuyo reguero van marcando cada vez mas a fondo nuestras
vida. Se bien que en estos años han sabido apreciar en toda su profundidad esta
formación y han aprendido a amar a San Josemaría, a quien el Señor me concedió
el don de conocer durante su viaje apostólico a Chile en 1974. Esta
circunstancia no es menor para la vida sacerdotal de cada uno de ustedes, pues
de alguna manera al ser enviado por sus Obispos aquí han recibido una particular
bendición de Dios, una muestra de amor gratuito del Señor, que, como dice el
adagio, se paga con amor. Los cuatro son especialmente deudores de Dios por los
grandes bienes recibidos que culminaran el día que como otros cristo, renueven
el Sacrificio incruento de la Cruz sobre nuestros altares.
Queridos jóvenes diáconos, el ministro del Señor, es ante
todo un portador de la paz, la paz de Cristo para que venga el Reino de Cristo,
por esto el Señor nos señala nuestro saludo al llegar llevando el anuncio: "La
paz a esta casa". El Señor quiere que "por todos los caminos honestos de tierra
a sus hijos, echando la semilla de la comprensión, del perdón, de la
convivencia, de la caridad, de la paz". (Forja 373). El mundo canta y pide paz,
la Iglesia canta y pide paz, pero la paz es consecuencia de una lucha interior
seria y decidida. La paz que promete el Señor nace primero en el corazón del
hombre y de la mujer que al estar reconciliado con Dios, en su cercanía y
amistad, es capaz de trasmitir a otro el don que le ha sido dado. No se
encuentra la paz que el mundo busca en el equilibrio de fuerzas, en efímeros
acuerdos, muchas veces necesarios pero nunca definitivos, porque esa paz que
anuncian los Ángeles, sólo arraiga en los hombres que se dejan amar por el
Señor, es decir lo reconocen y le dan su lugar en la vida de los hombres.
Queridos jóvenes, en pocos momentos mas van a ser añadidos
al orden de los diáconos, camino del presbiterado, desde el cual servirán para
siempre al Señor y a su Iglesia. Serán transformados por Cristo en portadores de
su paz, sembradores de la alegría, consoladores de los afligidos.
Fortalecidos por el Espíritu santo y unidos a sus Obispos
y a su presbiterio, se harán ante todo anunciadores de la Palabra, servirá, el
altar de Dios y ejercerán de modo particular la caridad para con todos sus
hermanos, sobretodo con los más pobres en el cuerpo y en el espíritu
La necesidad de ser testigos, ser instrumentos de la
gracia
¿Que espera el Señor de nosotros, sus ministros, en el
tiempo presente que vive la Iglesia? Espera sobre todo que seamos dispensadores
de sus misterios y de su gracia, dando un testimonio verdadero y real de la
presencia de Dios en medio de su pueblo, sobre todo mediante la celebración de
los sacramentos. Es cierto, hay muchas cosas necesarias e importantes que hacer
en este mundo y por los hombres y mujeres de esta tierra, de cada uno de
nuestros países y realidades diocesanas.
Nos enseñaba hace pocos meses el Papa Benedicto "La misión
fundamental del sacerdote consiste en llevar a Dios a los hombres. Ciertamente,
sólo puede hacerlo si él mismo viene de Dios, si vive con Dios y de Dios. Eso lo
expresa admirablemente un versículo de un Salmo sacerdotal que nosotros -la
generación antigua- rezamos cuando fuimos admitidos al estado clerical: "El
Señor es el lote de mi heredad y mi copa: mi suerte está en tu mano" (Sal 15,
5). El orante-sacerdote de este Salmo interpreta su vida partiendo de la forma
de distribuir el territorio establecida en el Deuteronomio (cf. Dt 10, 9).
Después de tomar posesión de la Tierra, cada tribu obtiene por sorteo su lote de
la Tierra santa y así participa en el gran don prometido al patriarca Abraham.
Sólo la tribu de Leví no recibe ningún lote: su tierra es Dios mismo.
Esta afirmación tenía, ciertamente, un sentido muy
práctico. Los sacerdotes no vivían, como las demás tribus, del trabajo de la
tierra, sino de las ofertas. Sin embargo, la afirmación es aún más profunda:
Dios mismo es el verdadero fundamento de la vida del sacerdote, la base de su
existencia, la tierra de su vida.
La Iglesia, en esta interpretación veterotestamentaria de
la vida sacerdotal -una interpretación que se repite varias veces también en el
Salmo 118- ha visto con razón la explicación de lo que significa la misión
sacerdotal siguiendo a los Apóstoles, en comunión con Jesús mismo. El sacerdote
puede y debe decir también hoy con el levita: "Dominus pars hereditatis meae et
calicis mei". Dios mismo es mi lote de tierra, el fundamento externo e interno
de mi existencia.
Esta visión teocéntrica de la vida sacerdotal - sigue
diciendo el Papa – es necesaria precisamente en nuestro mundo totalmente
funcionalista, en el que todo se basa en realizaciones calculables y
comprobables. El sacerdote debe conocer realmente a Dios desde su interior y así
llevarlo a los hombres: este es el servicio principal que la humanidad necesita
hoy. Si en una vida sacerdotal se pierde esta centralidad de Dios, se vacía
progresivamente también el celo de la actividad. En el exceso de las cosas
externas, falta el centro que da sentido a todo y lo conduce a la unidad. Falta
allí el fundamento de la vida, la "tierra" sobre la que todo esto puede estar y
prosperar.
El verdadero fundamento del celibato sólo puede quedar
expresado en la frase: "Dominus pars", Tú eres el lote de mi heredad. Sólo puede
ser teocéntrico. No puede significar quedar privados de amor; debe significar
dejarse arrastrar por el amor a Dios y luego, a través de una relación más
íntima con él, aprender a servir también a los hombres. El celibato debe ser un
testimonio de fe: la fe en Dios se hace concreta en esa forma de vida, que sólo
puede tener sentido a partir de Dios. Fundar la vida en él, renunciando al
matrimonio y a la familia, significa acoger y experimentar a Dios como realidad,
para así poderlo llevar a los hombres.
Nuestro mundo, que se ha vuelto totalmente positivista, en
el cual Dios sólo encuentra lugar como hipótesis, pero no como realidad
concreta, necesita apoyarse en Dios del modo más concreto y radical posible.
Necesita el testimonio que da de Dios quien decide acogerlo como tierra en la
que se funda su propia vida. Por eso precisamente hoy, en nuestro mundo actual,
el celibato es tan importante, aunque su cumplimiento en nuestra época se vea
continuamente amenazado y puesto en tela de juicio." (Discurso a la Curia
Romana, 22-XII-2006)
Nosotros, queridos hermanos, hemos sido llamados a una
misión particular: anunciar el Evangelio a toda criatura hasta la consumación
del mundo. No esperan nuestros hermanos sabiduría humana, sino aquella que viene
del Espíritu Santo, no esperan que solucionemos los problemas sociales o
políticos, sino que sanemos los corazones heridos de tantos que están a la vera
del camino. No esperan los hombres de nosotros que dirimamos sus conflictos
porque no hemos sido llamados a ser jueces de contiendas humanas, sino vínculos
de unidad y caridad entre los hombres. Por eso dice el Señor ante el que le
pedía que resolviera un litigio con su hermano « ¡Hombre! ¿quién me ha
constituido juez o repartidor entre vosotros? » (Lucas 12, 14). No esperan los
hombres que brillemos por nuestras ideas e iniciativas, sino descubrir en ellas
la acción y la presencia de Jesucristo.
Querido jóvenes, al pensar en la misión para que el Señor
los ha elegido, viene también el pensamiento de la pequeñez humana, de nuestras
debilidades y pecados, de la incapacidad de cada uno de nosotros para ser otros
Cristo, pero, como dice la Sagrada Escritura, el Espíritu es el que viene en
ayuda de nuestra debilidad. El Señor quiere que con humildad seamos sus
instrumentos, para que el agua limpia de la gracia pueda regar abundantemente la
mies y entonces el trigo llegue a madurar y dar el ciento por uno.
El secreto para la respuesta
¿Cómo responder fielmente al Señor desde nuestra
debilidad, te preguntarás muchas veces? La Carta a los Hebreos nos da la
respuesta: "Acerquémonos, por tanto confiadamente al trono de gracia, a fin de
alcanzar misericordia y hallar gracia para una ayuda oportuna. (Hebreos 4, 16),
pues "el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza" (Romanos 8, 26).
He aquí el secreto de la misteriosa eficacia de ministerio
consagrado. Nuestro auxilio esta en el nombre del Señor, oramos constantemente
en la liturgia de la Iglesia. En la medida que nuestra fe en Dios, en su acción,
esta presente en nosotros, el Señor por medio de nuestro ministerio hace
maravillas y ocurre aquello que cuenta el Santo Evangelio sobre nuestro Señor.
"Y cuando decía estas cosas, sus adversarios quedaban confundidos, mientras que
toda la gente se alegraba con las maravillas que hacía" (Lucas 13, 17).
Bien saben ustedes cuales son las fuentes de esta secreta
y misteriosa eficacia: la vida de oración y el auxilio de los sacramentos. Ya lo
han experimentado en los largos años de formación en que han cultivado no sólo
la ciencia de Dios, los conocimientos de la teología y de tantas otras materias
necesarias para conocer el corazón del hombre de nuestro tiempo, sino que
también han cultivado la vida interior, el trato diario y extenso con Jesús en
la oración eucarística, en la recepción asidua del cuerpo y la sangre del Señor,
en la dirección espiritual y la confesión, donde vamos purificando nuestra vida
para que el Señor pueda tomar posesión completa de toda nuestra existencia.
Pues bien, llega el momento de seguir con mas fuerza, si
cabe, este mismo caminar, porque ahora no sólo seguirán recibiendo el auxilio
divino con la particular fuerza del sacramento del orden, sino que el Señor los
quiere hacer definitivamente a cada uno de ustedes dispensadores de esa gracia
para la regeneración espiritual de muchos hermanos y hermanas nuestras.
¿Como mantener el corazón llenos del amor de Dios con el
paso del tiempo, se preguntan muchos? Como ser fieles a la llamada en un mundo
en que reina tanta infidelidad. Recurro al ejemplo sencillo de los clásicos. A
un caldero encendido no entran moscas. Es necesario mantener el fuego mediante
los medios que Jesús nos ha dejado en la Iglesia y que hemos señalado. Orar,
esta es la primera obligación del sacerdote, orar por los pecados y sobre todo
renovar - cuando llegue el momento - el único y verdadero sacrificio, oblación
perfecta por los pecados porque como enseña la Escritura "ciertamente, todo
sacerdote está en pie, día tras día, oficiando y ofreciendo reiteradamente los
mismos sacrificios, que nunca pueden borrar pecados. El, Cristo, por el
contrario, habiendo ofrecido por los pecados un solo sacrificio, se sentó a la
diestra de Dios para siempre, esperando desde entonces hasta que sus enemigos
sean puestos por escabel de sus pies. En efecto, mediante una sola oblación ha
llevado a la perfección para siempre a los santificados. (Hebreos 10. 7-14).
Queridos nuevos diáconos, los maestros antiguos, de cuyas
enseñanzas no podemos olvidamos, dejaron escritos ''pietas utililitas ad omnia"
la piedad es útil para todo. Un ministro consagrado es un hombre que busca ser
piadoso, es decir, buscar vivir en un trato filial con Dios y con María, con los
santos, que le hace tener los pies bien puestos en esta tierra, juntos a los
hombres y mujeres, a los jóvenes y a los mas desamparados, pero la cabeza muy
metida en el cielo, junto a Dios, porque hacia allá encamina su vida y la de
pueblo que le ha sido confiado. Sigamos la enseñanza de San Pablo a Timoteo.
"Rechaza las fábulas profanas y los cuentos de viejas. Ejercítate en la piedad.
Los ejercicios corporales sirven para poco; en cambio la piedad es provechosa
para todo, pues tiene la promesa de la vida, de la presente y de la futura. Es
cierta y digna de ser aceptada por todos esta afirmación: Si nos fatigamos y
luchamos es porque tenemos puesta la esperanza en Dios vivo, que es el Salvador
de todos los hombres, principalmente de los creyentes. (1 Timoteo (SBJ) 4,
7-10).
Al iniciar este ministerio diaconal, deben mirar con
particular cariño y amor a sus padres y familiares y formadores, hoy presentes
entre nosotros. A ellos deben parte muy decisiva de la llamada divina, pues su
ejemplo, su piedad y sus enseñanzas hicieron posible que Nuestro Señor encontrar
la tierra dispuesta para la siembra. Oremos por ellos, por los antepasados vivos
y difuntos, y agradezcámosles ante el Señor y su Madre Santísima, la entrega que
hacen hoy de sus hijos a Dios por medio de la Iglesia.
Encomendémonos a San Josemaría que desde el balcón del
cielo nos sonríe y les sonríe, al ver los deseos de fidelidad y servicio que ha
anidado en el corazón de cada uno.
Que María madre de la Iglesia y los Patronos de cada una
de la diócesis cuyo pueblo han de servir, guié siempre vuestro camino. Así sea.
+Mons, Juan Ignacio González Errázuriz
Obispo de San Bernardo (Chile)
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