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HOMILÍA En la Ordenación diaconal de once seminaristas del C.E.I. Bidasoa
(Pamplona, 28 de abril de 2007)
Querido Mons.
Julio César Terán, Obispo de Ibarra, D. José Manuel Martínez, Vicario de la
delegación del Opus Dei en Pamplona; D. Miguel Ángel Marco, Rector del Colegio
Eclesiástico Internacional Bidasoa y formadores del Seminario ; Decano de la
Facultad de Teología de la Universidad de Navarra; D. Santiago Cañardo, Párroco
de San Nicolás, Sacerdotes concelebrantes. Muy estimados seminaristas que hoy
recibiréis la ordenación diaconal; padres, familiares y amigos. Seminaristas de
Bidasoa. Muy queridos todos.
Para un Obispo,
administrar el sacramento del Orden es siempre motivo de una gran alegría y
ocasión de un hondo agradecimiento al Señor. Hoy la Iglesia entera –vuestros
obispos, vuestras diócesis, vuestras parroquias y comunidades- se alegran al
comprobar vuestra decisión de acoger la llamada del Señor y entregar vuestra
vida entera al servicio de Jesús y de vuestros hermanos. Una nueva promoción de
seminaristas termináis vuestro periodo de formación en Bidasoa y os disponéis a
regresar a vuestras diócesis para servir allí a la Iglesia como ministros
ordenados.
En una ocasión
como esta, me gustaría deciros, sin prisas, muchas cosas, grabar bien en
vuestras almas la necesitad de que viváis a fondo vuestra consagración, pero
tenemos un tiempo limitado, y debo ceñirme a unas consideraciones necesariamente
breves acerca del triple servicio que asumís: el servicio de la Palabra, el
servicio del altar y el servicio a la caridad, a la atención de los hermanos.
1. Es oficio del
diácono proclamar la Palabra de Dios en la celebración litúrgica, y exhortar e
instruir en ella a los fieles. Tened en cuenta que “cuando se leen en la Iglesia
las Sagradas Escrituras, Dios mismo habla a su Pueblo, y Cristo, presente en su
palabra, anuncia el Evangelio” (IGMR, 29). La proclamación del Evangelio no ha
de ser en vosotros un acto retórico, sino una cuestión de amor. No proclamaréis
bien la Palabra de Dios si antes no la habéis convertido en alimento de vuestra
alma, si no ha sido antes atentamente escuchada y meditada en ese diálogo sin
palabras que es la oración, que hace que llegue hasta lo más hondo del alma.
Como María, maestra de oración, también vosotros debéis guardar la Palabra en
vuestro corazón”. Amad la Palabra de Dios, confiad en Ella, obedecedla.
Maravillaos ante la fidelidad de Dios a su Alianza con los hombres, ante su
larga paciencia con aquel pueblo de dura cerviz. Sorprendeos e imitad la fe
inquebrantable de los Patriarcas, que se fiaron de la Palabra de Dios más que de
sus propias opiniones, la fidelidad de los Profetas a la voz de Dios, aun a
costa de sufrir mil padecimientos. Meditad despacio, sobre todo, el amor humilde
de Dios, que nos busca y sale a nuestro encuentro en la Humanidad Santísima de
Cristo, hecho verdaderamente uno de nosotros, que se entrega hasta la muerte por
salvarnos.
Proclamar la
Palabra de Dios significa hablar de ella como se habla de las cosas que se aman:
con calor, con verdad, con convicción. Eso implica una vida de oración: abrir el
corazón en un diálogo sincero con el Señor. Todos habréis experimentado cómo se
llena el alma de claridad y paz al ponernos en presencia de Dios y entablar una
conversación confiada con Él. Entonces descubrimos las causas de lo que quita la
paz: con frecuencia son los obstáculos que ponemos a la gracia de Dios; entonces
recorreremos el camino del arrepentimiento y la conversión. Otras veces serán
circunstancias difíciles que no dependen de nuestra voluntad. Será el momento de
renovar la fe y la confianza en nuestro Padre Dios, recordando que “para los que
aman a Dios todo es para bien” (Rom, 8,28).
No busquéis
otros objetivos que no sean los que el Señor y la Iglesia quieren de vosotros.
No os forjéis proyectos, ilusiones, supuestas realizaciones, sean cuales sean,
que no estén dentro de vuestro seguimiento al Señor en el camino que hoy
emprendéis. Con el gesto de la imposición de las manos, el Señor tomará posesión
de vosotros diciéndoos –cito palabras de Benedicto XVI-: «Tú me perteneces».
(...) «Tú estás bajo la protección de mis manos. Tú estás bajo la protección de
mi corazón. Tú estas protegido bajo el hueco de mis manos y te encuentras en la
inmensidad de mi amor (Benedicto XVI, Homilía en la misa del Crisma, celebrada
el Jueves Santo 2006).
El Espíritu
Santo os fortalecerá con sus dones para que vuestra respuesta sea plena,
decidida, definitiva. Os sostendrá para que trabajéis con fe profunda, con amor
infatigable en esta hermosa pelea de paz y amor que libra la Iglesia en su
misión de fomentar la santidad entre todos los fieles. No lo olvidéis: la
Iglesia necesita vuestro coraje, vuestra fe, vuestro empeño renovado cada día
por ser santos.
2. La segunda
consideración gira en torno al servicio del altar, de la fe celebrada,
particularmente en la Eucaristía, acerca de la cual quiero resaltar algunas
ideas de la reciente Exhortación postsinodal Sacramentum Caritatis. “Si
la santa Misa -ha escrito S.S. el Papa Benedicto XVI- se vive con atención y con
fe, es formativa en el sentido más profundo de la palabra, pues promueve la
conformación con Cristo y consolida al sacerdote en su vocación”. (Sacramentum
caritatis, n.80). El concepto de formación tiene muchas dimensiones y
perspectivas comunes a todos los cristianos: en el caso de los candidatos al
sacerdocio, durante los años del seminario habéis recibido una formación humana,
intelectual- teológica, pastoral, y espiritual, que debe continuar toda la vida.
¿Hacia qué meta apuntan todas esas dimensiones de la formación, sino a la
conformación con Cristo Sacerdote?
Meditad estas
palabras para que os orienten en vuestro camino, ahora como diáconos, y un día
no lejano como sacerdotes. El misterio de la Fe que se celebra cada día en el
altar no debe ser nunca una simple función ritual, en la que, con el paso del
tiempo, poco a poco, puede ir introduciéndose la rutina. A veces, las
circunstancias de las comunidades que tendréis que servir son complicadas. Pero
procurad encontrar siempre un tiempo antes para recoger vuestra mente en oración
y encender la fe en el misterio y así os acerquéis al altar con un amor
renovado. Análogamente, dedicad después de la Comunión, un tiempo precioso de
acción de gracias (Sacramentum caritatis, n.50).
“La celebración
eucarística debe ser el centro y raíz de la vida interior de un cristiano” (Es
Cristo que pasa, n. 102), son también palabras que he escuchado hace muchos años
de ese gran enamorado de la Eucaristía que fue San Josemaría. El centro, es
decir, aquello alrededor de lo cual gira la vida cristiana, de donde toma su
alimento y así alcanza su pleno desarrollo, que es precisamente la conformación
con Cristo. La Eucaristía es verdaderamente formativa en el sentido más profundo
de la palabra.
Vivida de este
modo, con un espíritu de conversión continua (Sacramentum caritatis, n. 55), se
entiende la gran verdad que encierra la otra afirmación contenida en las
palabras antes citadas: la Eucaristía consolida al sacerdote en su vocación (y
lo mismo vale para la vocación de cada fiel cristiano). Amad la Eucaristía y
enseñad a amarla a todos los fieles. Acerca de esto quisiera recordaros la
importancia del cuidado de la belleza de la celebración litúrgica. “La liturgia,
como también la Revelación cristiana, está vinculada intrínsecamente con la
belleza: es veritatis splendor” (Sacramentum caritatis, n. 35).
La belleza, por
tanto, no es un elemento decorativo de la acción litúrgica; es más bien un
elemento constitutivo, ya que es un atributo de Dios mismo y de su revelación.
Conscientes de todo esto, hemos de poner gran atención para que la acción
litúrgica resplandezca según su propia naturaleza. (Cfr. Id.). Procurad
esmeraros en conocer y cuidar todo lo relacionado con el ars celebrandi:
“Obispos, sacerdotes y diáconos –nos recuerda el Papa Benedicto XVI-, cada uno
según su propio grado, han de considerar la celebración como su deber principal.
(SC n. 39).
Por
consiguiente, debemos dar todo su valor a las normas litúrgicas, favorecer el
sentido de lo sagrado, la armonía del rito, cuidar los ornamentos litúrgicos, la
decoración, los vasos sagrados, para que, “dispuestos de modo orgánico y
ordenado entre sí, fomenten el asombro ante el misterio de Dios” (SC, n. 41).
3. Paso al
tercer punto. Durante la plegaria de ordenación pediremos a Dios que
“resplandezca en ellos un estilo de vida evangélica”, es decir, de una fe
vivida. Las palabras del Evangelio proclamado hoy nos enseñan con claridad lo
que esto significa: “el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro
servidor; y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo.
Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y
dar su vida en rescate por muchos» (Mt, 20,28).
El estilo de
vida evangélico se puede concretar, por tanto, en espíritu de servicio a todas
las almas, en una disponibilidad generosa para desempeñar las tareas pastorales
que la Iglesia a través de sus pastores nos encomienden, y en definitiva, en
aspirar a ser –como decía Benedicto XVI en sus primeras palabras tras su
elección- humildes trabajadores en la viña del Señor. Los cristianos, que
queremos imitar al Señor, hemos de servir con alegría a Dios y a los demás, sin
esperar nada a cambio; servir incluso al que no agradece el servicio que se le
presta. En ocasiones, muchos no valorarán esta disponibilidad, o incluso no
percibirán el sacrifico que se esconde detrás de muchas cosas que parecen muy
naturales. Nos bastará saber que Cristo sí las valora y nos acoge entonces como
verdaderos discípulos suyos. El “orgullo” del cristiano será precisamente éste:
servir como el Maestro lo hizo. Los buenos servidores hacen todo por el Señor
sin buscarse a sí mismos. Se entregan con la actitud agradecida de un hombre de
fe, cumplen hasta el final la tarea encomendada, sin quejas, sin sensación de
héroes que necesitan el aplauso de los hombres, o de palpar ciertos triunfos
pastorales,... porque son mucho más ambiciosos: sólo se conforman con el Amor de
Dios.
Hoy iniciáis una
nueva etapa en vuestro camino. Quien comenzó en vosotros la buena obra la
llevará a feliz término (Fil 1,6). Con esta confianza, colocándonos en el hueco
de las manos de Cristo, introduciéndonos en la infinidad de su amor, podremos
decir ahora y siempre, con Santiago y Juan, Possumus! (Mt 20, 22):
Podemos seguir y perseverar en el amor ¿Qué podemos temer si estamos unidos a
Él, si sólo deseamos cumplir su Voluntad? Quien no perdonó a su propio Hijo,
sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con Él todas las
cosas? (Rom 8,32). Así, la fidelidad –en medio de las inevitables dificultades
que acompañan nuestro caminar terreno- nos hará pregustar ya en la tierra la
alegría de la bienaventuranza eterna.
No quiero
terminar sin dirigirme a vosotros, los padres de los ordenandos. Os doy las
gracias en nombre de la Iglesia por la parte tan decisiva que habéis tenido en
la vocación de vuestros hijos. El os los confió y vosotros habéis hecho posible
que fuera creciendo en sus almas la semilla de la vocación con que Dios los
creó. Ahora parecería como si el Señor os arrebatara estos hijos, pero vosotros
sabéis muy bien que no es así. Los habéis cuidado para Él, les habéis dado lo
mejor de vuestro corazón; Dios, que no se deja ganar en generosidad –como decía
San Josemaría-, os recompensará. Todos vuestros hijos son estupendos, pero éstos
serán los que mayores alegrías os han de dar.
Quiero también
agradecer a la Universidad de Navarra y al Colegio Eclesiástico Internacional
Bidasoa la inestimable cooperación que su trabajo supone para nuestras Diócesis,
tan necesitadas de sacerdotes bien formados tanto desde el punto de vista
teológico como humano, espiritual y pastoral.
Que la Santísima
Virgen, la llena de gracia, Esposa del Espíritu Santo, nos enseñe a ser muy
dóciles a todas sus inspiraciones. A ella os confiamos y nos encomendamos todos.
Así sea.
Mons.
Fernando Sáenz Lacalle
Arzobispo de San
Salvador
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